El “como si”, es el universo que intenta apuntar a la realidad a través de lo imaginario representado dramáticamente. Esta abreviatura significa “como si fuera la realidad que sólo acontece en el escenario del psicodrama”. Con esto se subraya que, lo que está transcurriendo en el “como si”, sigue las leyes de la “Hipócresis” (Ver hipócresis). Lo que sucede “como si aconteciera en la realidad” sólo transcurre en el escenario del psicodrama. Este escenario es el lugar que se ofrece para la actuación controlada, terapéutica, reestructurante e integrativa de lo que ocurre allí “como si” fuera la realidad.


Es una subetapa, pautada metodológicamente, con la que se comienza el cierre de cada sesión, en todo procedimiento dramático. Fue introducida clásicamente por Zerka Moreno, quien la denominó sharing. Al finalizar la dramatización y antes de dar comienzo a las observaciones, a los señalamientos o a las interpretaciones, se da el momento para que los integrantes del grupo que no protagonizaron, compartan con el o los protagonistas sus propias vivencias y experiencias, los roles y las escenas que cada uno movilizó y reactualizó en consonancia con lo acontecido en el escenario dramático. Es un momento que permite la expresión, fundamentalmente afectiva, de la caja de resonancia grupal. Al finalizar esta primer subetapa del comentario (Ver comentario), el grupo está en mejores condiciones para capitalizar las intervenciones operativas de los terapeutas.


La técnica de concreción dramática permite llevar a la corporización y espacialidad que brinda el escenario psicodramático, aquello que se encuentra en el imaginario del protagonista. Así un síntoma, un pensamiento, etc. adquiere forma concreta al ser jugado psicodramáticamente y orienta la búsqueda del rol y vínculo en conflicto. A través del lenguaje corporal de la matriz de identidad (Ver matriz de identidad) un dolor, un gesto, una actitud, transmiten una señal que, aunque leve, se singulariza de la totalidad de lo que se está dramatizando. Esta señal (Ver clave dramática) al ser percibida por el protagonista, el director o el grupo se transforma en un signo de significado oscuro que la técnica de concreción dramática decodificará llevando al nivel simbólico, comprendido por todos los roles y vínculos que estaban escondidos y disfrazados a nivel imaginario.


Son todas aquellas figuras que surgen del estudio sociométrico de un grupo y expresan la ubicación personal, así como las relaciones vinculares de todos y cada uno de los integrantes del grupo. Se ponen de manifiesto, en el sociograma, a través de la lectura de las mutualidades (Ver mutualidad), resultante del test sociométrico aplicado y se referirán exclusivamente al criterio sociométrico elegido. (Ver test sociométrico y criterio sociométrico). Estas configuraciones podrán dar entre otras las figuras siguientes: aislados; díadas o parejas; cadenas; tríadas o triángulos; cuadrados; estrellas; círculos; socioides; etc.


El punto de partida de toda acción dramática es siempre un conflicto. Si no hay conflicto no habrá nunca acción dramática y si no hay acción dramática tampoco podrá haber representación dramática. El conflicto dramático deber ser entendido como un antagonismo puesto en acto. Un conflicto dramático, por lo tanto, implica siempre una oposición, como punto de partida, entre el objetivo del protagonista y el objetivo del antagonista. Veamos algunos ejemplos. El acto de besarse dos actores en el escenario, desde el punto de vista dramático no es una acción en sentido estricto, es en todo caso una resolución dramática. En este acto no existe conflicto dramático. Si el protagonista en cambio tiene como objetivo besar para satisfacer su deseo y el antagonista expresa su voluntad de impedir o rehusar ese beso, allí sí, hay un conflicto dramático. Si el protagonista está cansado y necesita sentarse, su objetivo será alcanzar la silla (la silla será en ese caso el deuteragonista, es decir, el elemento o persona que ejerce el rol que secunda y completa su objetivo). Cuando el protagonista se ha sentado, todo se encuentra resuelto y termina el planteo dramático en una conclusión o resolución. Por el contrario, si la silla se animiza en su rol y antagónica mente se zafa, oponiéndose a la intención del protagonista, dejándolo caer en el piso con el consiguiente desconcierto, volvemos a ver que se reabre la acción dramática. Esta reapertura de la acción se da porque permanece intacta la unidad de opuestos conflictivos que ineludiblemente llevará al protagonista y su contrincante a un nuevo intento de interacción antagónica o deuteragónica que tenderán siempre hacia algún modo de resolución, pero, para que el drama continúe esa resolución quedará sólo como tendencia. Cuando se realiza, algo ha concluido. Con estos ejemplos queda totalmente en claro que los conflictos, durante la acción dramática, deben mantenerse como antagonismos en acto, desarrollándose en el tiempo y en el espacio dramático y transformándose permanentemente. El conflicto dramático entonces, desde su punto de partida, continúa desarrollándose como una unidad de opuestos permanente. Ese antagonismo en acto implica siempre la extensión en el tiempo de esa oposición inicial intacta o transformada, pero siempre presente. Esa extensión además va determinando cambios constantes en los enfrentamientos de los roles contrapuestos, desarrollando el conflicto dramático. Al conjunto de ese desarrollo se lo denomina acción dramática (Ver acción dramática).

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