El término fue acuñado por Alfredo Naffah Neto para designar roles que son desempeñados en el plano de la pura fantasía, imaginación, libres de cualquier interpolación de resistencia por parte de la realidad. Están en esta situación los roles y contraroles desempeñados en sueños, ensoñaciones, fantasía activa. El rol imaginario se diferencia del rol psicodramático en la medida en que el último recibe determinaciones de situaciones reales, y solamente a partir de esos parámetros cataliza el flujo imaginario para transformar y enriquecer la acción que se da, en la nomenclatura moreniana, la denominación rol psicodramático aparece denominando ambos tipos de papeles, lo que genera confusión conceptual (Ver Rol Psicodramático).


Se denomina técnicamente de esta manera, a una conducta, que al ser explorada por su ausencia en el protagonista, con la intención dramática de intentar su desarrollo, nos enfrenta a una evidente impotencia del mismo, difícil de soslayar en el “aquí y ahora”.

Esta ausencia, cuando se patentiza en el escenario dramático, generalmente manifiesto también con bastante claridad su anclaje profundo, condicionado por “la culpa” o “el pánico”. Esta manifestación patética permite, muchas veces, aceptar tal imposibilidad; encontrarle un sentido; asumir la frustración y verla desde una dimensión más elevada. (Ver “Trilogía de la culpa”).


(Ver Rol potencial).


Se denomina de este modo a la “unidad de conducta social” que, una vez surgida de su potencialidad latente y habiendo logrado ya un principio de actualización de desfase de su órbita de libertad, espontaneidad, creatividad y responsabilidad y se frustra, se deteriora o se pervierte.


(Ver Rol fundante).

Desde el punto de vista evolutivo, se denominan roles originarios a los actos interactivos que el niño comienza a jugar en el umbral diádico y que continúa afianzando durante la vincularidad en la fase mítica de la matriz familiar.

Estos roles son los que permiten al niño ir consolidando la brecha entre la fantasía y la realidad.

Son las conductas que se van estructurando en el fascinante “juego del tercero excluido” y del “tercero incluido” que le permiten además constituirse, al niño, mediante su fundante capacidad mimética y su capacidad mitopoyética (que surge precisamente durante estas interacciones) mediante la emulación con sus yoauxiliares naturales, que en esta fase comienzan a ser visualizados por él como personajes míticos familiares.

Desde el punto de vista terapéutico las reactualizaciones de los roles originarios permiten, en el trabajo psicodramático con los yo auxiliares y mediante las técnicas adecuadas, el afianzamiento básico en la confianza ontológica y el amor esencial, propio de la vincularidad originaria. Esto es lo que permite sentirse arraigado en estas relaciones básicas para poder, desde allí, rescatarse en las diferencias y en las controversias autoafirmativas, para reestructurar las transferencias, desde el arraigo en el amor esencial de lo familiar.

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