La clínica pediátrica ha demostrado la facultad de resonador telepático, que es propia del niño respecto a las emisiones afectivas de su madre. Sabemos de qué manera, tanto en el feto como en el niño, determinadas disfunciones, enfermedades o alarmas, pueden ser motivadas por las ansiedades, miedos y sentimientos de culpa, emitidos por la madre.

La práctica pediátrica desde hace muchísimos años, teniendo esto en cuenta, ha instituido tácticas, que tienden a reparar y contener las angustias y tribulaciones maternas.

Esta capacidad receptiva del niño ha sido denominada por Moreno facultad de doblaje y contando con ella, se ha ido ajustando con éxito la técnica del doble utilizada en psicodrama.


El término fase, usado por Moreno en su teoría de los roles para diferenciar momentos de la matriz de identidad y de la matriz familiar, parecería denotar la repercusión de las hipótesis darwinianas y cierta permanencia residual del pensamiento biológico evolucionista, conceptualmente basado en el racionalismo.

Este substrato, tan poderoso en el pensamiento científico occidental, influyó hondamente tanto en Freud como en las generaciones que lo siguieron. Aflora con toda claridad, por ejemplo, en los trabajos de Melanie Klein.

A pesar de que el salto epistemológíco fue decididamente marcado durante el pasaje entre la segunda y la tercera generación de estudiosos de los psíquico, Moreno, que perteneció a la tercera generación, centró decididamente su pensamiento científico en lo que hoy podemos denominar la filosofía de la vida y el neoevolucionismo.

La palabra “fase”, en la teoría de los roles, debe ser entendida tanto en el contexto de una causalidad (entropías) como en el tejido, también concatenante, de la telefinalidad (sintonía).


Jacobo Levy Moreno al describir las técnicas del Doble, del Espejo y de Inversión de Roles, sistematiza un modelo de cinco fases evolutivas, para comprender el desarrollo infantil para la asunción de roles:

1) Fase total indiferenciada.

2) Fase de deslinde del sujeto con los “objetos del entorno”.

3) Fase de “reconocimiento de sí” centrado, en el polo del sujeto.

4) Fase de reconocimiento centrado en el polo de lo otro y de los otros.

5) Fase de reconocimiento centrada en el vínculo.

En “Umbrales de Identidad”, siguiendo la línea del pensamiento moreniano, Menegazzo propone desarrollar este mismo modelo, agregando variables infantiles leídas desde las vivencias de lo mágico, lo mítico, lo ideológico y lo lógico (con sus respectivos interjuegos) a lo largo de la estructuración de cada identidad personal.

El primer universo infantil denominado por Moreno “Matriz de Identidad” fue subdividido, por Moreno mismo, en dos fases: una total indiferenciada, denominada fase sintética, y una segunda ya diferenciada, denominada fase total diferenciada, que Menegazzo calificó como fase mágica.

En el segundo universo o “Matriz familiar” se distinguen también dos fases: la fase mítica (Ver) y la fase ideológica (Ver).

En el curso del desarrollo de estas fases se constituye la identidad existencial del individuo. Para progresar en ellas el niño va descubriendo el juego del doble (Ver), el espejo (Ver) y la inversión de roles con sus complementarios.

Este desarrollo por fases, implica un primer reconocimiento de “lo protoyo” y “lo proto noyo”, un “centrarse sobre sí” y un posterior “centrarse sobre el otro” para reconocerse y reconocer al otro, lo que permite distinguir las multifacéticas posibilidades de “lo interno” y “lo externo”.


Esta fase es la segunda etapa de la “matriz familiar”.

En ella, el niño puede comenzar por primera vez a confrontar críticamente su mundo.

El mundo, en la fase anterior mítica (Ver fase mítica), estaba todavía subdividido en dos categorías antinómicas: lo familiar versos lo extraño, con el ordenamiento axiológico que esa antinomia generaba.

Ahora en esta fase, el niño puede comenzar a poner en crisis esa axiología estática y absoluta que era propia del ordenamiento anterior. Se inicia de este modo para él un largo camino que, finalmente, en plena matriz social, podrá conducirlo a intentar una difícil mediación para superar tales antinomias.

A partir de esta crisis, que acontece recién en esta fase ideológica de la matriz familiar en el proceso de identidad, el niño comienza a estar en condiciones de abandonar aquellos roles fijados dramáticamente en los juegos propios del orden mítico, de relatividad las pautas rígidas entre las que señoreaba especialmente la ley de participación y exclusión, de vencer los tabúes y lanzarse a nuevos actos fundantes y a nuevas integraciones.

Del mismo modo como en el mundo helénico de la prehistoria homérica el hombre advino a una historia mediante el logos, o como en el pueblo hebreo mediante la tabla revelada por Jehová y tallada por Moisés en la piedra del Monte Sinaí se marcó el salto de una cultura de la vergüenza a una cultura de la culpa, así ocurre individualmente a cada niño. Esta analogía entre la evolución de toda una cultura y la evolución individual quiere ejemplificar el paso de una conducta supeditada al tabú y la vergüenza a una conducta que comenzará a relacionarse de allí en más con la culpa y la responsabilidad, como nos dice Jorge Saurí (Psicodrama en el Panorama de las Ideas Psiquiátricas. “Seminarios del Instituto de Psicodrama Buenos Aires 1979).

Para que esto pueda acontecer, la función mimética debe haber dado origen ya a una verdadera comunicación gestual y la función mitopoyética debe haber culminado en la palabra.

Pero no ya palabra en el sentido de mero mentar o repetir de ecos onomatopéyicos, sino como verdadera “voz donadora de sentido” con plenitud de acto fundante.

Recién entonces el ser podrá situarse cara a cara frente a sus yoauxiliares naturales en la matriz familiar y comenzar a fundarse y fundarlos ideológicamente como personas.

Solamente de este modo, lo absoluto puede ser puesto en crisis y el ser estará en condiciones de lanzarse verdaderamente al reconocimiento de sus necesidades, sus emociones y sus sentimientos y otorgarles un valor “para él”.

A partir de allí, en esta fase ideológica con el surgimiento de los propios valores que Carlos Cossio denominó “valores positivos empíricos”, el ser podrá lanzarse plenamente a las confrontaciones.

Esos “valores positivos empíricos”, recortados ahora por la facultad del logos de la amalgama emocional, podrán ser confrontados con los “criterios axiológicos vigentes” en la cultura familiar. De esas confrontaciones podrán surgir las consonancias o las disonancias y de estas últimas las crisis que harán tender al individuo al cambio, a su autonomía y a su autoafirmación.

Precisamente, mediante la confrontación dialéctica de estos valores opuestos como tesis y antítesis y mediante el juego deuteragónico y antagónico de las conductas que los involucra, irá creando la mediación axiológica. El producto será un flamante rol sostenido y fundado en un nuevo valor. Este valor positivo puro (Carlos Cossio “La teoría egológica del derecho”) y su rol resultante regirán a partir de allí en el vínculo y en el ser y favorecerán desde entonces nuevas crisis constituyentes y nuevos surgimientos.

Todo acto creativo de autonomía y de autoafirmación, así como toda decisión, tienen como sustento o pivote un valor positivo puro.

Cada acto creativo es, en sí mismo, la superación y el salto desde una represión (en el sentido psicodramático del término, lo que quiere decir una ausencia axiológica de tesis) o desde una negación (también en el mismo sentido psicodramático, de tesis axiológica opuesta en mera rebeldía, que únicamente puede dar origen a un rol reactivo).

Cuando no se origina un valor positivo puro no ha habido una verdadera mediación axiológica y por lo tanto no habrá acontecido ningún acto creador.

Solamente este verdadero despliegue del ser en libertad y espontaneidad en el locus de la matriz familiar puede preparar al hombre adecuadamente para un advenimiento resuelto y creador al tercer universo que lo espera. El universo en el que tendrá que jugar su adustez, y al que Moreno denomina Matriz Social. (Ver matriz social).

En este universo la familia constituye una parte fundamental. A partir de ella cada individuo formará parte de este átomo social mediante el cual estará vinculado con su mundo. Pero un ser estará en condiciones de saltar con suficiente autonomía y confianza a la matriz social únicamente si desde sus universos anteriores evolucionó en armonía y la interacción con sus yoauxiliares naturales le otorgó la confianza ontológica como para pasar este nuevo umbral. Cuando esto no pudo darse el individuo estará cercenado y su identidad quedará en algún aspecto trunca. (Véase modos de ser irresueltos).


(Ver Matriz de Identidad total diferenciada).

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