Es esta la primera de las dos fases en la que se puede dividir la matriz familiar, apenas superado el estadio del protoyo, propio de la matriz de identidad (Ver matriz de identidad). La visión infantil del entorno se halla todavía poderosamente influida por su microcosmos.

El vínculo con el mundo en este locus se caracteriza por un modo de relación “real” con todo lo “noyo”.

El niño, percibe de un modo peculiarmente realista, las cosas y las figuras familiares o extrañas. Su relación con su entorno es de tipo “real” artificialista, finalista, animista y egocéntrico. La mecánica de todos los acontecimientos se le ofrecen como intencionales.

Todo movimiento es vivido por él como si fuera puesto en juego por alguien, con un sentido (o una finalidad) determinada (artificialismo). Todo movimiento, tiene un “para que” (finalismo), que buscará desentrañar empujado por una “ansiedad básica”. Esta poderosa tendencia exploratoria, a partir del asombro, se desarrolla en esta matriz como un hambre que apunta en el niño a todo aquello que le es desconocido, para transformarlo en algo conocido para él referido a él, y hecho a su propia medida (egocentrismo).

El universo de la matriz familiar, tiene una esencial característica de tipo animista, por la peculiar donación de sentido vitalicia, que el niño otorga, en este momento evolutivo, a todas las cosas de su mundo.

En este locus se dará la emergencia de una actividad fundante. A la actividad mimética se agregará, ahora, el desarrollo de la actividad mitopoyética.

Es mediante el desarrollo dinámico de estas dos facultades por las que lo “interno” y lo “externo” se irán poco a poco redimensionando y desarrollando constitutivamente.

A partir de la emergencia de la actividad mitopoyética, el niño puede comenzar a poner en crisis su modo de relación “real” con lo “noyo” y en este espacio se va a insertar lo imaginario.

Gracias a su actividad mitopoyética el niño podrá, más adelante, advenir al “logos”, es decir, tomar suficiente distancia de las cosas, para fundarlas con la palabra, nombrarlas en el verdadero sentido que “este mentar significa” y no ya como un acto meramente impétigo. Para que esto ocurra, tendrá que haber surgido la actividad de lo ilusorio.

Cuando, mediante la capacidad mitopoyética, la vigilia infantil comienza a poblarse de figuras y al sueño de escenas oníricas, el niño entra en el camino que le permitirá fundar el deslinde entre fantasía y realidad.

Al emerger esta actividad mitopoyética que funciona dialécticamente, respecto a la actividad mimética, se origina la crisis de los interludios de domesticación, desde donde se lanzará al dominio de nuevos juegos: los de emulación, que se nutre de los roles de sus yoauxiliares naturales.

La repetición de los roles tomados de sus “prototipos familiares” es lo que afianza en determinados modelos de conducta.

Los actos miméticos de emulación lo irán familiarizando en el código fisiognómica gestual de la familia y su cultura.

Las “figuras parentales” se han ido convirtiendo en esta matriz, en “personajes prototípicos”, proponiendo un código corporal determinado. La interacción con ellos será lo que conduzca al niño a un tipo de comunicación gestual con su “mundo familiar” y con su “mundo social” de allí en más.

Es importante tener en cuenta que, a partir del surgimiento de la actividad mitopoyética y como función mediadora de la actividad mimética, comienza a ponerse en crisis y decrecer en el niño el hambre de actos (Ver hambre de actos).

Esta ansiedad básica infantil, característica del primer universo quedará poco a poco reducida a un residuo que permanecerá luego como hambre de transformación (Ver hambre de transformación).

El niño, a partir del descubrimiento empírico de la técnica de inversión de roles, en su actividad mitopoyética, se dedica cada vez decididamente al buceo del mundo, en el que se encontrará con diferentes experiencias y vivencias peculiares. Su ansiedad básica, es la que lo empuja arrojadamente a experimentarlos.

Moreno otorga a esta ansiedad motivadora, el nombre de hambre cósmica de transformación y la describe como una tendencia remanente del hambre de actos, que domina la matriz anterior. La define como la ansiedad residual infantil de reeditar la identidad original total, que poseía en la unidad sintética que caracterizaba al primer universo, ahora definitivamente perdido.

Nunca podrá volver a aquella situación original reasegurador y omnipotente, pero intentará de algún modo instaurarse en algo que la reemplace.

Empujado, por esta ansiedad, el niño intenta todas las exploraciones posibles con cada uno de sus roles complementarios. Este deseo es tan fuerte, que lo hace propender a transformarse en la totalidad de esos roles.

Este poderoso juego de totalización es puesto en acto en las sucesivas secuencias de inversión de roles, con los que intenta volver a obtener aquella absoluta y única identidad, perdida a partir de los deslindes.

El hambre cósmica de transformación enfrenta al niño con sus propios límites. En este proceso, tendrá que descubrir empíricamente que, con algunos aspectos de lo noyo, es absolutamente imposible invertir roles. Con gran movilización de temor irá descubriendo dramáticamente, en cada uno esos choques y encuentros, la limitación de su omnipotencia primitiva.

Después de la pérdida de esa omnipotencia, el hambre de transformación persistirá como un residuo activo y esencial, para el movimiento de transformación y la sed creadora de todo individuo.

En la fase indiferenciada de la matriz de identidad, los yoauxiliares eran meras funciones inmersas en lo sincretismo, y en la fase diferenciada habían emergido como figuras.

En esta fase mítica de la matriz familiar, en cambio, van adquiriendo las complejas dimensiones de personajes con características heroicas, donde sus mandatos y pautas son absolutos e incuestionables. La intercalación con ellos será, por lo tanto, para el niño, sumamente compleja.

Los vínculos que se van instituyendo, a partir de las interacciones con los antagonistas y deuteragonistas (yoauxiliares naturales) serán aquí muy variados. En estos vínculos confluirán unidades diversas y cambiantes de roles, con sus respectivos contragolpes y roles complementarios.

Las complementariedades y las oposiciones de los interludios originan una estructura axiológica, que ofrece todas las características de lo mítico, en la que los vínculos y los roles funcionan en el dominio de los valores estáticos.

En la primer fase de la matriz familiar, la actividad mimética, dinamitada por el surgimiento de la actividad mitopoyética, permite al niño consolidar y confirmar su incipiente estructura lloica, que continuará luego autoafirmándose en la segunda fase de esta misma matriz (Ver fase ideológica de la matriz familiar) y luego mucho más aún en el tercer universo. (Ver matriz social).


Ver Matriz de Identidad total indiferenciada.


Todo individuo precariamente constituyendo durante su proceso de individuación se halla preso de profundas y oscuras pasiones.

Entre estos afectos prostáticos dominan la culpa y el terror.

Cuando la diferenciación en la matriz de identidad (Ver matriz de identidad) no se ha logrado armónicamente, se condicionan en el individuo determinados “modos de ser pánicos” que cada vez que se caldean afloran en su conducta, a la manera de las figuras clínicas que clásicamente fueron denominadas “psicóticas”.

En estas figuras o modos de ser, el terror, por ejemplo, es la máxima expresión de lo que Martín Santos denominó “temor cósmico” (Martín Santos, “Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial. Barcelona, Seix Barral, 1975), o miedo a la locura.

El terror descriptor a partir de las observaciones de los cuadros esquizofrénicos que suele manifestarse como “miedo de ser tragado” es una de las tales manifestaciones de temor cósmico.

Desde la óptica de la teoría de los roles (Ver Teoría de los roles) esta vivencia significa el hipercaldeamiento de una matriz de identidad total indiferenciada (Ver Matriz de identidad total indiferenciada) inarmónica, vivencia con terror.

En las figuras caracteropáticas, los afectos prostáticos son generalmente negados y oscuros. El individuo, de este modo constituyendo, ha quedado encarcelado bajo el andamiaje de un personaje. Esta estructura de identidad rígida se ha ido construyendo defensivamente durante el proceso evolutivo, pero finalmente, condena a ese individuo a no ser más que lo que es, aprisionado en sus máscaras.

Parapetado bajo tal personaje, se encuentra obligado a repetir sus oscuras conductas reactivas dominadas por el “hambre de actos” (Ver Hambre de actos) y la necesidad imperiosa de sedaciones inmediatas. La espontaneidad y la capacidad de transformación quedan aquí inhibidas.

En los casos graves de estas figuras clínicas psicopáticas generalmente los únicos afectos prostáticos que pueden llegar a la conciencia individual y ser reconocidos epizoóticamente como sentimientos, son precisamente el terror y la ira.

En otras figuras clínicas, las irresoluciones remiten a malogros evolutivos menos arcaicos y los modos de ser pánicos que afloran son menos graves.

Cada vez que se hipercaldea la fase mítica o la fase ideológica de la matriz familiar (Ver Matriz familiar) el temor que prevalece es el “miedo a la mirada del otro” y el temor trágico o “miedo a la muerte”. Estos modos de ser son los que la psiquiatría clásica denominó “neuróticos”.

Según el enfoque de la Teoría de los Roles estas clasificaciones de las figuras clínicas, si bien siguen siendo útiles taxonómicamente, deber ser superadas.

El psicodrama considera al hombre como un ser vincular multifacético en su potencialidad de roles.


En el proceso evolutivo, desde la teoría de los roles, con la estructuración de un preyo y un prenoyo, el niño comienza con los primeros actos propioceptivos y exteroceptivos; desde allí confusamente tiene las primeras imágenes de su cuerpo y cada una de las partes de lo externo. Todo esto irá formando lo que se denomina figuras fisiognómicas.

En el proceso evolutivo y en las otras matrices avanzadas estas figuras fisiognómicas irán transformándose en personajes familiares y luego en personas y aspectos.


Se denominan figuras parentales al conjunto de roles complementarios constitutivos por los yoauxiliares naturales, que las primerísimas percepciones infantiles hacen confluir, en imágenes externas, por cierto todavía algo evanescentes.

Cuando un niño durante sus primeros meses de vida, coloca la mano en la cara de su madre hace palanca con su pequeño brazo para alejarse del rostro materno y toma perspectiva para observarlo, está efectuando un acto fundante de percepción de su figura parentales original.

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