Lo antagónico, denota al rol que se opone al protagonista y obstaculiza su camino.

La función del antagonista, según las ciencias dramáticas de donde surge este concepto, es la de jugar, en oposición al protagonista, la tensión de los opuestos conflictivos propios de toda acción dramática.

Sin opuestos conflictivos no habría ni movimiento ni acción en el drama, ni habría movimientos y despliegues en la vida.

Al rol antagónico también se lo denomina contrarol.


Se denomina de este modo los roles que, no solamente no se actualizan ni se efectivizan, ni se manifiestan, en una situación determinada, sino que ni siquiera son potencialmente registrados en la memoria cultural de un individuo.


Teniendo en cuenta, el movimiento vincular prevalente en que se sostiene (Ver movimientos vinculares) y, en este caso, el polo de rotación sobre sí mismo, se denomina de este modo a todo rol que puede ser jugado en el mundo, sin proponer y mucho menos exigir sino un rol complementario en el otro.

Desde la mirada de lo evolutivo podemos encontrar roles autónomos en cualquiera de los universos (o matrices) que observemos.

El feto, en la “matriz materna”, juega roles autónomos al desplegarse en su desarrollo genital, así como cuando se succiona un dedo como muestra la ecografía. La madre juega roles autónomos cuando no está centrada en el hijo, que tiene en su vientre; el recién nacido, en la “matriz de identidad”, también los actualiza en determinados momentos y en la “matriz social” lo jugamos permanentemente cuando, retirándonos de la relación con los otros, nos sumergimos en la soledad de la relación con nosotros mismos, o en la contemplación de la naturaleza ensimismados en un trabajo personal de investigación teórica.

Cuando estos roles se exacerban, patológicamente, aparecen bajo la forma de: aislamientos neuróticos o, autismos psicóticos.


En cualquier procedimiento dramático se denomina de este modo al rol complementario (o contrarol) que se adjudica a un yoauxiliar (Ver yoauxiliar), para que pueda jugarse una escena.

Esta adjudicación se sustenta en la percepción, la intuición y el deseo del protagonista y, por eso mismo, permite operar sobre él, a partir del juego de estas adjudicaciones interactivas (Ver Roles deseados intuidos y percibidos).


Hablar del deseo es, de alguna manera, hablar de las ganas de vivir, esas mismas ganas que los clásicos han denominado en psicología “impulso vital”.

Freud desde su visión laberíntica del buceo del inconsciente, nos habla de impulsos libidinales y de impulsos del yo.

En teoría de los roles, Moreno comienza a desarrollar esta idea de los impulsos del yo y es lo que denomina “hambre de actos” y “hambre de transformación” (Ver).

Desde la Antropología Filosófica, en nuestro medio, el filósofo Héctor Mandrioni desarrolla una excelente fenomenología del deseo, sumamente útil como modelo, para complementar el desarrollo de la teoría psicoanalítica de las relaciones objetales, así como la teoría psicodramática de los roles.

Para no detenernos demasiado en la profundización de estos trabajos, que nos alejaría del tema que nos preocupa, en la profundidad del “deseo de ser”, “deseo de tener”, “de saber”, que Mandrioni denomina técnicamente como “deseos categoriales”, siempre subyacen los deseos omnipotentes de “serlo todo”, de “tenerlo todo” y de “saberlo todo”, de “ser feliz para siempre”, etc.,etc. (deseos metafísicos, en la definición técnica de Mandrioni).

En cada deseo se mueven siempre estas ganas o La dramática humana, en el camino del crecimiento, consiste en darse cuenta de esto y aprender cuando hay que renunciar y cuanto se puede solidariamente esperar.

Trabajar con el protagonismo, el deutera en esta hambre de roles complementarios en el otro es trabajar, en esta dramática, para su elaboración.

Los contraroles deseados pueden ser exigidos en el otro, desde la interacción promotora (Ver Roles promotores) o pueden ser propuestos solidariamente (Ver Roles solidarios).

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