Cada vez que, en un vínculo, surge el estímulo desde uno de los polos de la vincularidad, con las características de un rol promotor, el contrarol o rol complementario, adquiere la tipificación de un rol exigido. Todo bebé que llora de hambre, de sed o de necesidad de contacto promueve y exige el contrarol dador; pero esta referencia a lo evolutivo no agota la posibilidad de otros ejemplos. Durante toda la vida humana el rol psicosomático, cuando surge auténticamente promueve en el otro, ineludiblemente, la complementación. Durante toda la vida y no solo cuando niño el hombre tiene necesidad de contacto auténtico y saludable. Sin embargo las dramáticas de los roles exigidos también surgen en situaciones inauténticas. El rol promotor histérico, descrito por los clásicos, es un ejemplo de esto. Lo importan te es “darse cuenta” que en el trasfondo de cualquiera de estas promociones patológicas siempre hay un niño herido.

Cada vez que uno se plantea la adecuación o la inadecuación en estos casos patológicos de asumir el rol exigido uno debe saber que siempre “se engancha”; tanto se otorga a la exigencia como si se niega (y a veces es importante concederla) así como otras, es necesario limitarla técnicamente para favorecer en el paciente su crecimiento en la vincularidad.

Lo que sí es importante, desde la táctica terapéutica cuando uno se halla en el rol exigido, es saber que, más allá de gratificar o de frustrar, la única posibilidad para “desenganchar se” es “darse cuenta”, y este “darse cuenta” implica, no sólo la mirada en lo vincular situacional y en el otro, sino además, fundamentalmente, la mirada psicodramática hacia la propia “interioridad” (hacia las propias escenas profundas del terapeuta que pueden estar resonando con la escena situacional).


Desde el punto de vista evolutivo, son las conductas que surgen en el niño en el “umbral disonante” y luego continúan en su “etapa ideológica del estadío infantil secundario” de “la segunda fase vincular de la matriz familiar”.

Surgen y se afianzan como actos de confrontación axiológica, como choques vinculares de criterios y de valores, que permiten que el niño comience a consolidarse en una nueva identidad infantil.

Estos roles son los que permiten la superación del interjuego de los “personajes míticos” y el comienzo de la visualización de estos personajes como personas. Aquí la familia comienza a ser la palestra interactiva, de lo que va a ser, después, la sociedad. Al jugarse estos roles los criterios absolutos de la primera infancia comienzan a relativizarse.

Desde el punto de vista terapéutico la reactualización de los roles familiares permite, en el trabajo psicodrámatico con los yoauxiliares, mediante técnicas adecuadas, operar profundamente con el nivel transferencial, para modificar las percepciones y permitir una más adecuada interacción télica.


Desde la lectura evolutiva de la “teoría de los roles”, son los actos que aparecen en el “umbral fundante”, en el interjuego con las “figuras parentales” y sus contactos. Permiten saltar al niño de la “matriz de identidad total indiferenciada” a la “fase de matriz de identidad total diferenciada” y por eso mismo, se denominan “fundantes”.

Aparecen en el niño en su evolución de identidad como “actos primigenios de percepción integrativa”. El espejo es un ejemplo de ello.

Permiten la salida de lo vivencial sincrético (propia de la primera fase del universo de la matriz de identidad) instituyen en un nuevo modo de ser y de vincularse, y constituyen el principio puntual de la conciencia de tiempo (como “ahora”, “antes” y “después”) y del espacio (“adentro” y “afuera”, “cerca” y “lejos”) y permiten la percepción de las funciones parentales en su aparición como “figuras fisiognómicas”. Comienzan la estructuración de un “preyo” y de un “prenoyo”, e inician la “capacidad infantil mimética” copiando la figura parental ubicada afuera.

Desde el punto de vista terapéutico la reactualización de los roles fundantes permite, en el trabajo psicodramático con los yoauxiliares y mediante técnicas adecuadas, las modificaciones perceptivas en el nivel transferencial proyectivo (proyecciones de objetos parciales).


Dentro del repertorio de roles de un adulto existe siempre uno que domina la identidad como puntero positivo: es el rol generador de identidad, término acuñado por Dalmiro Bustos. Funciona como un archivo de identidades, Cuando preguntamos a una persona: quién es usted?, en general nos responde nombrando un rol: soltero, casado, médico, abogado, actor. Los roles profesionales suelen ser los predominantes en una sociedad que mitifica desmesuradamente este aspecto. Pero no siempre el rol con el cual una persona se presenta socialmente coincide con el rol generador de identidad. Un adulto no confesaría fácilmente que el rol generador de identidad continúa siendo el rol de hijo, por ejemplo. Ese rol configura una dinámica de comportamiento, que teñirá el desempeño de todos los roles con un matiz más o menos identificable. Hay tonos infantiles que denuncian cuál es el rol dominante que impregna los otros y muchas veces puede generar comportamientos inadecuados. Si este rol se transforma en dominante, el estereotipo de la conducta denunciará esta situación.

El rol generador de identidad no es un aspecto patológico. Todos tenemos un rol dominante que nos ayuda a cimentar nuestra identidad, construyendo nuestra autoconfianza, especialmente si este rol es pasible de cambios en diferentes momentos de la vida, en consecuencia un eje predominante pasa a funcionar como defensivo en situaciones de conflicto, teniendo también una función ordenadora.


Teniendo en cuenta el movimiento vincular prevalente en el que se sostiene (Ver Movimientos vinculares, en este caso el de “traslación”) se denomina, de este modo, toda conducta que busca un complementario o un oponente, en el otro.

Los roles heterónomos pueden ser solidarios (Ver) o promotores. (Ver).

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